Dos semanas después de mi salida de WhatsApp

Hoy se cumplen dos semanas de mi salida de WhatsApp. El mensaje que mandé a mis contactos tuvo que tener la extensión justa, para no parecer un arrebato irreflexivo ni tampoco una disertación insolícita. Aprovecho esta entrada para ahondar un poco más en los precedentes y las ideas del último mensaje y relatar mi experiencia personal desde la desconexión.

Los hombros de mis gigantes

No hubiera podido tomar esta decisión vital si no hubiera tenido referentes de personas que, de una manera u otra, han combatido los problemas de WhatsApp durante sus vidas.

Por una parte, están las personas que directamente decidieron borrarse de esta red:

  • Mi íntima amiga E. decidió salir hace unos seis años, poco antes de entrar en la universidad y en contacto con muchos distintos grupos de personas. Su experiencia fue más leve, aunque igualmente liberadora.
  • Nico Alt lo hizo hace cinco años; sin embargo, sintió un fuerte síndrome FOMO que hoy siente orgullo de haber superado. Nico optó por mensajería descentralizada como XMPP, Matrix y Briar. Ahora es desarrollador oficial de la maravillosa aplicación Briar.
  • El o la desarrolladora de aplicaciones Webierta, que en su página expone cómo envió su último mensaje y sus razones de soberanía tecnológica. Recomiendo leerlo, porque en un corto texto hace una comparación certera entre las redes de mensajería y la red de móvil y expone un modelo de comunicación similar al correo-e: https://webierta.github.io/

Por otra parte, están aquellas personas que han utilizado WhatsApp bajo sus propias premisas, intentando controlar la tecnología para que no sea al revés:

  • Una persona de mi familia utiliza un segundo número de teléfono móvil exclusivamente para la mensajería instantánea. Así, revierte el consentimiento tácito de que cualquiera pueda contactarla u obtener datos de actividad o su foto de perfil y, por contra, ofrece su número solo a las personas que decide.
  • Mi íntima amiga L. utilizó, mientras le fue posible, una herramienta para deshabilitar la aplicación temporalmente. Es decir, ejercía la desconexión voluntaria complementando un botón de cerrar sesión que los diseñadores decidieron no incluír. Yo mismo, durante una temporada, congelaba de vez en cuando la aplicación de Android para conseguir el mismo efecto. Curioso, por cierto, que me comentase espontáneamente esto pocos días antes de mi desconexión, sin saber nada de lo que yo tramaba.
  • P. utilizó durante una temporada un segundo número para poder comunicarse desde dos dispositivos distintos y constató las trabas y zancadillas de la deliberada falta de elección de las plataformas de mensajería cerradas.

Por último, la lectura del último libro de la artista Jenny Odell ha sido reveladora (¡gracias por la recomendación, Borja!). En los primeros capítulos de Cómo no hacer nada: resistiendo la economía de la atención,1 Jenny observa y expone temas delicados y fundamentales de la humanidad en una sociedad tecnológica hipertrofiada como son el del coste o la imposibilidad de la elección voluntaria, la constante ansiedad y apropiación de la atención, la importancia de los espacios públicos (y los que lo parecen pero no lo son), la exacerbación de la opinión irreflexiva y vacua y la degradación de la percepción y la creatividad. Todo lo anterior, a través de una sensibilidad artística con la que me siento identificado, una perspectiva histórico-sociológica documentada y con unas palabras tan claras y contundentes que considero que ha sido el último impulso que necesitaba para echar a volar como alguno de sus queridos cuervos.

El resultado de la desconexión

En pocas palabras, todo ha sido positivo. Inmediatamente después de mi desconexión, un par de docenas de personas se pusieron en contacto conmigo mediante correos-e, llamadas, SMS (!) o dándose de alta en Signal (afortunadamente, solo unos pocos). Esos mensajes llenos de aprobación, de cariño, de comprensión y de respeto por mi decisión me hicieron sentir muy dichoso y orgulloso del paso que había conseguido dar y de tener personas así tan cerca. Dejaré aquí un par de citas:

No deja de maravillarme tu claridad y honestidad [en el mensaje] sin dejar de lado el cariño.

A.

Hasta qué punto hemos llegado si dejar de usar una app resulta algo súper épico y dramático cuando realmente es algo banal.

R.

Enhorabuena, Roboe. Es inspirador.

J.

No recibí ningún reproche por parte de nadie; supongo que si alguien no se sintió a gusto con mi decisión, tampoco hizo el esfuerzo de contactarme. Por contra, sí que lo hicieron varias personas que no esperaba, ya fuera por no tener una relación directa consolidada o porque esa relación sucediera siempre como parte de un grupo. Esto confirmó la expectativa de que mi decisión también reforzaría algunas relaciones.

Como esperaba también, quitar un canal de comunicación tan acaparador me ha reportado una disminución de la carga mental porque, aunque no la utilizaba asiduamente, eso estaba ahí. También descubrí que tenía un gesto automatizado, del que no era plenamente consciente, para abrir la aplicación en el móvil. Desapareció antes de 48 horas.

Un fantasma en WhatsApp

La única anécdota negativa, en el fondo, fortalece mi decisión. WhatsApp (es decir, Facebook) sigue manteniendo las conversaciones ya abiertas en los dispositivos de mis contactos como si nada hubiera ocurrido: mi foto de perfil se sigue mostrando, conservada en la memoria caché, y se me puede seguir escribiendo con normalidad. No hay ningún mensaje o detalle que advierta que esos mensajes no llegarán jamás, lo que puede desincentivar que el emisor se ponga en contacto efectivamente conmigo.

Me afecta poco porque mi salida fue activa, en el sentido de que distribuí un mensaje a toda mi red de contactos antes. Sin embargo, quiero dejarlo escrito, tanto para avisar a futuras personas que tomen esta decisión, como para evidenciar por qué la comunicación humana no puede estar atrapada en un feudo digital donde manda exclusivamente el equipo directivo de una gran empresa tecnológica privada.

Cuando sales de un grupo de WhatsApp sin borrar el historial de conversación, en el lugar del cuadro de respuesta aparece un corto mensaje explicativo de por qué no puedes escribir (ya no formas parte del grupo). Puesto que no hay ningún motivo para no aplicar el mismo diseño a mi caso, entiendo que es o una decisión deliberada o sencillamente irrelevante para su negocio, puesto que hay exactamente cero usuarios a los que les importa; esto es, los que ya no son usuarios porque se han ido.

El funcionamiento automático de las relaciones sociales

Mi mensaje de despedida fue uno de los textos que más he corregido en toda mi vida (y soy de esos). Eliminé y reescribí muchas partes múltiples veces, tratando de alcanzar un equilibrio de longitud. Durante una de esas reescrituras, surgió el concepto del «funcionamiento automático de las relaciones sociales» que reflejé en el texto final porque combina en una pequeña frase varias ideas que, de otra manera, hubiera explicado en un párrafo entero.

Como varias personas han mostrado interés, voy a tratar de definirlo preliminarmente así: es la sensación personal de que las relaciones sociales en las que se sustenta tu participación en la sociedad son funcionales y están sanas simplemente por el hecho de tener un canal de comunicación directo y constantemente abierto, incluso cuando ese canal no se utiliza, y no necesitan de un mantenimiento activo. Es decir, creer que puedes contar con gente (y viceversa) cuando hace mucho que no te preocupas honestamente por saber cómo están, o cuando ya ningún contexto social te une a ellos.

Puede que un problema de la sociedad de la información sea pensar que la comunicación es un recurso inagotable, siempre disponible, o que tiene que ser eficiente de algún modo. O quizá esta falta de empatía surja de la uniformidad de las interfaces de conversaciones escrita, que nos alejan todavía más de la conversación espontánea y plena.

Sea como fuere, no creo que la sociedad pueda aguantar mucho tiempo más esta vacuidad personal y sobreexcitación informativa (interesada y tremendamente lucrativa). A ver cuánto tardamos en ver campañas cívicas contra la apropiación de la atención como las de seguridad vial o las contrarias al alcohol, tabaco y otras drogas.

Si te enteras de alguna, llámame. Te prometo una buena conversación.

~Roboe


  1. Odell, Jenny. How to Do Nothing: Resisting the Attention Economy. Melville House, 2019. ISBN: 9781612197494. ↩︎